
La experiencia de una hermana-médica aspirante a acompañante de parto
Llevaba un mes esperando desde que a Laia le dio por avisar con bastante antelación que cualquier día se presentaba de improviso. Fueron las semanas con ansiedad más útiles de mi vida, me sirvieron, entre otras cosas, para darme cuenta de los miedos infundados que arrastraba de mi formación como médica acojonada ante los partos. Mi hermana, en fase zen desde hacía días, me ayudaba a ver la luz gracias a un par de broncas y a una frase-sentencia que me dejó patidifusa: “Marta, tú sólo disfruta de mi parto”.
Al fin acabé de currar y me bajé a Castellón a esperar de más cerquita y ayudar en la eterna mudanza. Mi hermana, y todos mis asesores telefónicos, trataban de inculcarme tranquilidad e ilusión, a cualquier hora del día o de la noche como por ejemplo cuando llamé a la Roci, mi ángel de la guarda, para preguntarle a las 00 h si que el bebé hiciera como que botaba era normal. “Es hipo” me dijo, “cap problema”. Gracias mor, por estar ahí tan a punto siempre.
El día D llegó, al fin, como decía Sara, pronto, a pesar de que todas las mamás expertas auguraran que tardaría porque aún estaba alta la barriga, la futura mamá poco hinchada, la cara aún no morena del todo y demás signos premonitorios. A las once de la noche me avisaron, “esto PARECE que viene”, parece, a pesar de que mi hermana llevaba con dolores desde las once de la mañana. A la una nueva llamada, “sube”, y yo corriendo a despertar a mi padre para que me llevara rápido a la villa, “que no iréis ya al hospital??”, “no papá tu tranquilo que está todo controlado” respondía yo alucinada de lo poco acojonada que estaba. En el camino trataba de relajar mi sonrisa eufórica ya que imaginaba que no era la mejor cara para llegar. Un par de horas de paseos por casa después decidimos bajarnos para el hospital tras conseguir imprimir el plan de parto al tercer intento y, cómo no, a última hora.
Llegamos, temiendo overbooking, y estaba vacío. Nos quedamos, bien!!, en el Hospital de la Plana, famoso por su especial sensibilidad hacia el parto. La matrona nocturna, muy apañá ella, afirmó que no estábamos de parto y que nos iríamos a casa la mañana siguiente. Cinco horas de contracciones después Sara había dilatado 8 cm con la sola ayuda de una esquina, una bolsa de agua caliente, algún que otro masajito en la espalda, y una serie larga de subidas y bajadas a la camilla cada vez que venía una contracción. Jose, que a ratos roncaba a placer, se preparaba inconscientemente para lo que vendría por la mañana, ya que la gran faena, la fase final, se la hicieron ellos dos solitos. Yo, como buena acompañante, intuía que iba a sobrar después.
A las 8.00 h nos fuimos a un nuevo reconocimiento. “Estás de 8 cm, bien!!! Parece que va a ser rápido”. Pero en esto de los partos las cosas nunca son lo que parece. Sarita, en trance, ejercía de parturienta modelo como afirmó 10 horas más tarde Begoña, la impecable matrona, “me fastidia tener que llevarla al paritorio a ella, precisamente, que tan claro lo tiene y tan bien lo hace”. Jose, con la sonrisa perpetua y alguna que otra mirada cómplice a la acompañante silenciosa, obedecía sin rechistar y hacía un largo entrenamiento que mejorará con creces sus próximas escaladas. Tal vez por eso había entrenado tanto en las últimas semanas, para prepararse. Una montaña nevada nos miraba desde la pared y nos recordaba que los partos son como las subidas, cuando parece que ya no puedes más aún te quedan fuerzas para coronar la cima, porque la cima es un regalo.
Cuando, después de muchos pujos, nos dimos cuenta de que la niña no acababa de bajar Begoña y yo nos miramos y no hizo falta más que dos frases. Estábamos de acuerdo, había que ayudar a salir a Laia, que se había empeñado en llegar con la cara por delante para ver bien el mundo desde el principio. Fue el único momento en que asomó mi lado médico, pues los partos, aunque muchos no lo entiendan, no necesitan asistencia profesional sino cariño, mucho cariño, y paciencia.
Llegamos al paritorio y apareció la ginecóloga, mujer joven y hermosa como todas las protagonistas de esta historia, que respetuosamente le explicó a Sara que había que ayudar a Laia a girarse para que pudiera salir. Unos cuantos pujos, un mucho de fuerza y una mini ventosa llamada KIWI nos llevaron al final. Yo, que siempre me apasioné por ver como asomaba la cabecita y las criaturas cruzaban la puerta del mundo, me giré cara a la pared intentando aguantarme las lágrimas que ya empezaban a fluir y sujetando con firmeza todos mis amuletos mientras rezaba a no sé que diosa. Un par de gritos después, un papá muy entero, una mamá sobrepasando con creces toda fuerza razonablemente posible, una ginecóloga y una matrona en tándem a la perfección, una carita, un cuerpecito rosado y un llanto fino. Todo terminó felizmente con Laia, la bebé més guapa del mon, escalando la teta de su madre.
Muchas lágrimas de pasillo más tarde conseguí volver al paritorio para charlar animadamente con las mujeres que habían protagonizado esta historia, y con el papá, único hombre en sintonía. Laia había llegado para quedarse y hacernos la vida más bonita, Sara reposaba firme y serena ofreciendo a su hija el mejor alimento del mundo, Jose no cabía en su gozo y yo, la tieta, intuía que esta experiencia me había cambiado la visión de los partos, de la medicina, y de la vida.